Aprendiz de primavera

Cuando ascendí a aprendiz de primavera empecé a encontrar cierto placer en hablar de cuando fui mariposa, soldado y noche tormentosa. En las conversaciones de sobremesa se celebraba mucho el tono de mis relatos, y la verdad que desprendían mis historias. La vida de una mariposa es solemne y trágica, decía, y todos escuchaban en silencio. Es sorprendente lo lejos que está la realidad de una mariposa de la imagen que proyecta. Recuerdo la tensión que me creaban los ruidos acolchados que llegaban al interior del capullo, el miedo de las sombras que se dibujaban desde fuera, y el asombro y el horror de lo desconocido conquistando mi cuerpo. Cuando se rompió el capullo, a pesar del extremo cuidado que puse en conservarlo, el pánico se adueñó de mí. No reconocía mi propio cuerpo, y no sabía si se iba a deshacer o si iba a ser capaz de desplazarme. No era yo, mi cuerpo no era mío. Si en aquel momento hubiera visto mi reflejo, hubiera caído fulminado por el asombro y el miedo. Ahora reconozco el pánico en el revoloteo de otras mariposas. Aunque también reconozco que, ahora que casi soy persona, a veces olvido que esos quiebros y requiebros en el aire son fruto del terror más puro, mezcla de la sorpresa de saberse volando, del horror de no reconocer el propio cuerpo y de la certeza de que la muerte acecha. Cuando fui mariposa aprendí por qué temía las sombras que intuía desde el adormecedor enclaustramiento del capullo. Maldije el estúpido exhibicionismo de esas torpes alas que brotaban de un cuerpo ajeno por el que sentía fluir mi sangre. A cada instante creía sentir el batir de las alas de un pájaro dispuesto a quebrarme entre los chasquidos de ese cuerpo prestado que me alojaba. Algunos de los que me escuchaban en aquellas sobremesas, cuando era aprendiz de primavera, creían que podían comprender a una mariposa sin haberlo sido, y hablaban de fragilidad y de hermosura. Siempre nos separará un abismo. Los poetas y las primaveras (yo mismo, entonces) pueden hablar de la belleza de los cisnes degollados y del efímero vuelo de la mariposa. Nunca lo harán las mariposas, nunca los cisnes. Dejé de ser mariposa en el instante en el que estalló detrás de mí el cuerpo de mi compañero de batallas. Por fin. Desde que aterricé en el territorio imposible del terror había estado esperando que un error al atarme los zapatos o al saludar a un oficial desatase el apocalipsis. Por eso el cuerpo descompuesto de mi compañero hacía, extrañamente, que todo cobrase un sinsentido relajante. La confirmación de la ira de los cielos. En las sobremesas, cuando empezaba a relatar mis tiempos de soldado, siempre había uno o dos primaveras que decían que iban a buscar una copa y no volvían. Incluso en una ocasión me dijo directamente un primavera que no tenía sentido, que no podía ser soldado después de mariposa, así sin más. Y que si me hubiera convertido en soldado, no debería tener recuerdos… ¡Y lo decía un primavera que antes no había sido nada! Yo no inventaba entonces ni lo hago ahora; sólo relato con la mayor fidelidad y realismo lo ocurrido. Reclamaciones, al divino hacedor o en la puerta de entrada, a elegir. Cuando conseguía recuperar la atención de mi audiencia seguía contando que sentí el olor de la carne rasgada de mi compañero, y que desde entonces fui incapaz de depositar nada mío en otro. Enterré algunos fragmentos de su cuerpo dejando entre la tierra húmeda de sangre algunas partes del mío, unas por despiste y otras por no poderlas distinguir de las suyas. Después seguí desfilando y calzando botas y casco, a sus órdenes mi capitán, pero nunca más deposité nada más en otra persona. Fui durante catorce años y dos semanas recuerdo de mariposa asustada y concentrado de soldado. Temeroso y contenido dormía al raso atento a las alas del pájaro y vigilando que no se me cayese nada propio, que nadie pudiese intuir ninguna parte de mí. Escuché noche tras noche los bombardeos lejanos hasta que me di cuenta de que el que retumbaba era yo. Ya no era un soldado sino noche tormentosa. Ser noche y ser tormenta a la vez es embriagador, porque tienes el poder de retumbar sobre millones de cabezas, de mariposas y de primaveras, sin que sepan decir de dónde nace la amenaza. Hice estallar sobre todos, sin distinción de raza ni de edad ni de credo, todos mis temores, y sentí cómo desaparecían la mariposa y el soldado. Cuando estuve vacío fue cuando me hice aprendiz de primavera. Ya he dicho que tuve mucho éxito en las sobremesas, entre otros felices y aspirantes a felices, recordando mi pasado blando, mi pasado oscuro. Ahora, al escribir y recordar, me doy cuenta de que alguien que ha sido mariposa y soldado no puede ser primavera. No puede escribir una historia con planteamiento, nudo y desenlace, porque se enreda en el nudo y al llegar al desenlace, si llega, se echa a volar y se pierde en el cielo, en el olvido. Por eso esta historia no acaba, sino que se muerde a sí misma, desesperada, y queda inconclusa, infinita como los temores de las mariposas, la soledad de un soldado, la ira de un tormenta y la vanidad de una primavera.